Sentado encima de una piedra, mirando, solo mirando a la gente pasar, lejos de casa, en otro mundo, y digo otro mundo porque aunque este dentro de esa esfera llamada tierra, es como vivir en otro mundo. Un mundo que describian con alegria y fervor mis antepasados y que yo, por poco tiempo, pongamos infancia-prejuventud, llegue a catar, porque tengo un vago recuerdo de vivir en harmonia con mis vecinos, celebrando pequeñas comidas que marcaban fiestas locales o nacionales, donde uno compartia un poco de todo, en lo que ha lo material se refiere, pero de lleno y con el corazón abierto de par en par, un mundo de sentimientos.
Sentado cerca de ellos, me miran, soy extranjero y diferente, diferente piel y diferentes rasgos, y notas como su curiosidad es real, como sus ojos miran arriva y abajo, como su caminar se ralentiza y casi consigue parar el camino hacia su destino, un saludo y de vuelta una sonrisa, una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa, sonrisa, que te devuelve un poco a esa infancia, a ese compartir paz interior y hacerte sentir bien, más humano, más persona.
Contacto parco de palabras, pero intenso en expresión, en movimientos que conducen a una ligera compresión por ambas partes y hacen que de mi cara brote esa sonrisa que creia olvidada, intentaré recordar como era y como se ha formado, para que cuando este sentado entre mi gente, pueda hacerles sentir, aunque sea por solo un momento lo bien que me sentí por no haber olvidado sonreir.
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